
Fin de ciclo, tenía planeado viajar, definitivamente. Las fiestas patrias estaban cercanas y un viaje a la selva central del territorio nacional era inminente. El dinero, el lugar, el tiempo, el viaje y otros factores determinaban una nueva aventura a seguir, sin embargo, otros elementos, que no son míos sino que por extraña razón le pertenecen a otro ser, me incitaban a cancelar todo aquello por otro viaje, al sur, en dónde se realizaría un congreso de estudiantes de la carrera que estaba siguiendo. Es así que decidí partir a Lima al lado de muchos amigos, compañeros universitarios, un viernes de la primera semana de agosto. El día de la partida, llamé a mis padres con insistencia, pero no les hallé, habrían salido a alguna parte, así que solitariamente enrumbé a la agencia de buses en la que abordaríamos uno.
Al salir de mi cuarto de estudiante solitario, además de la preocupación que rodeaba mis pensamientos, necesitaba una cámara fotográfica con suma urgencia, pues, aunque el viaje estaba ya planificado (en cuestión de una mañana entera, la de este viernes), había olvidado la cámara, que obviamente no tenía en mano. Postergué su búsqueda hasta arribar a Lima.
En la deriva de un inusual, jovial y amistoso taxista; cuyo nombre , que ya olvidé, de muchachón no se correspondía con el sesentón que venía en el volante contándome sus hazañas desenpolvadas, supongo, por mi equivoco trato al saludarle por segunda vez, vez que en hábito de pasajero, luego de sortear la negociación con mi "choche, acá a la agencia dos luquitas", me abochorné ( pensando "chocho debía decir..."), y casi disculpando mi arrebato con un protocolar "Señor ¿qué tal?", recibí de él por respuesta "-¡qué señor!, viejos los caminos ...", y tras tanta anécdota de antaño mezclada con la lujuriosa demostración de su vigorosa virilidad con un "-mira esta mamacita, sino taxeara me la levanto", llegué de una vez a la agencia... y a la par de bajar mis maletas con un de nuevo irreverente, "-nos vemos señor, gracias", comenzó una pequeña pero lenta espera, era extraño, siempre que viajaba, alguien iba ha despedirme, y usualmente no esperaba que lo hagan, pensaba que era una forma de hacerles perder el tiempo, "hoy en cambio necesito alguien de quien despedirme", pensé. Así que urgentemente llamé al tío Diógenes, un amigo cercano que conoce de mí mucho y que me había animado a hacer este viaje; pese a que, después de todo lo iba a hacer, por elementos externos intrincados en el que palpita dentro mío (incremental a la condición "sólo si pones atención a mis sucesivas equivocaciones, ¡lates!"). Contestó el tío y al parecer pude despedirme de él, "-tío ¿qué tal?, soy Rubén", "-hola Beno, ¿dónde andas?", "-aquí en la agencia antes de quitarme a Puno, como le conté", "-¡ve!, y por que no avisas", "-no sé tío, de huevón, supongo; tío si puedes vienes a despedirme". Pero en mala hora fue la llamada, pues ya el abordaje había comenzado, y mejor dicho, terminado, "-chau tío ya fugo", "-ahorita salgo", ¡tarde ya!, estaba en el bus al lado de una niña que respiraba pestes y que encontré ya dormida cuándo subí al bus. Delante mío Luciano y Martín, al costado pasando el pasillo el Chato y a su lado Maradiaga. Atrás otros muchos y muchas, entre ellos el agente exterior participe de mis agitaciones cardíacas.
"Hola, perdón" le dije, mientras salía el bus de la estación, sin embargo ella no movía su acurrucada y mediana figura. "Yo de ti la empujo" escuché a Maradiaga decir entre sueños, a la vez que despedía con manos agitadas ¿a quién?, "a quien sea", pensé, que también me despedía, sino de mi estimado tío, de alguno que me haya conocido el cacharro.
Su estrecha y desfigurada humanidad, traspasaba los límites de mi asiento ocupándolo casi hasta la mitad con su delicado volumen; su rostro sumamente deteriorado por la enfermedad y el cansancio apuntaba al mío cual cazador a su presa. Y su boca entre abierta, como puntero hacia el blanco (mi rostro, desafortunadamente), exhalaba un resuello putrefacto, me imaginaba con ello perdido en cabida de muertos frescos. Aquella pequeña rodilla acompañó a mi incomodo trasero hasta Lima, mientras que el desagradable tufo disminuyó gracias a un maravilloso detalle que tuvo el camino para conmigo, un bache llegando a la salida de Trujillo que le volteó parcialmente la cabeza, desafinando el foco de acción de su rostro.
La noche transcurrió rápidamente, a pesar de que me pasé el viaje en vela, ya por los acantilados del Pasamayo sentí el peso inoportuno de la noche, que ya se había despedido de nosotros.
Por Lima Norte, empecé a enviarle unos SMS a mi buen amigo Benigno, que me esperaba en una agencia de Lima, le había contactado ya que en mi plan figuraban unas visitas a lugares de la ciudad. Al llegar por fin al terminal de buses, me llego un SMS, Benigno que ya estaba en las coordenadas acordadas, al contrario de mí, que estaba separado de él por unas 45 cuadras de longitud.
Deprisa a recoger los cachivaches, salir y caminar ha cruzar el zanjón con dirección Oeste, sin embargo la energía que me caracteriza se vió neutralizada a media cuadra de camino, pues la languidez me hizo presa suya al ver como se alejaba el ser que me atraía inquisitivamente, y que yo intentaba retraer de mis pensamientos, pues a manera de obsesión habíase posicionado en mi interior, y no florecía -bien que mal, para mí el amor es bastante bonito, como bastante difícil de conseguir-, por la timidez. Claro que no estoy hablando de la pequeña niña que resultó ser mi dificultad a lo largo de esta ida a Lima; hablo de una bella mujer, cuyo sueño imaginaba, con inusual entusiasmo, cautivo en su imagen, soñada.
"¡He llegado!" sorprendí a Benigno, que espantado se paraba de la banquilla de espera, al juzgar su impresión, me ha encontrado irreconocible, pero afortunadamente y con incipiente sonrisa se apresuró a decir "Rubén, ¿qué tal viaje?, han venido unas colombianas buenísimas, ¿no las has visto? acaban de salir ahorita", mirando a la puerta con ilusión, "- no Nino, pero gracias por preocuparte por mí", le dije sonriendo por el comentario. "-si primo, había una rubia y las otras eran unas morenazas, las reconocí por el acento", siguió comentándome campechanamente. "Bueno primo ¿qué quieres conocer?", me dijo terminando en drástica manera con la narración de sus eventuales musas. Siempre he tenido una gran valoración de la muerte, aunque me espante terriblemente, y son los cementerios antiguos los que con caprichosas ganas he querido visitar hacía ya buen tiempo, le dí a entender con palabras que no recuerdo. Él además me recomendó ir al mirador de la ciudad, el cerro San Cristóbal, para lo cual tomaríamos los urbanitos, que son agencias de turismo privadas, que hacen un breve recorrido por el centro histórico hasta llegar a la cruz que corona al mismo. Y visitar además, algunos de los muchos museos que abundan por el centro hasta que nos dé la noche y me vaya de la de los reyes hacia la de las iglesias. Por que mi intención era seguir a la hermosa fémina, hasta Puno, para dilucidar este sentimiento adentrado que hasta a mi tuétano resfriaba, pero que la timidez, fiel al menos; sumada a la energía que abunda pero que siempre ofusca cobardemente lo puro y sincero que siento, me animaron a intentar neciamente olvidarle por todas la veces de una. Expropiarle mi mente y corazón, ya que "no tiene caso, pues no le conozco como debiera ser, menos sé si siente algo por mí, aunque yo siento, no sé, mucho por ella."
Me apresuré en hacerle saber mi circunstancial necesidad de conseguir una cámara barata, para lo cual era menester ir a por dinero de una agencia bancaria a escasas cuadras. Ya con efectivo en mano, fuimos al centro comercial dónde apresuradamente escogí la susodicha camara, para sobrellevar las horas calculadas con fortuna.
Animado con el desanimo, llevé a Nino a un huarique norteño camuflado en el bullicioso y grisáceo cercado, mi favorito sin duda, dónde el buen ceviche no se hizo esperar, y posteriormente una "¡uy que rica!" jalea. Un pequeño pero entusiasta brindis "-¡a tu salud compadre!", acontenció por el reencuentro, pues no le veía desde la despedida de un curso que llevamos yo de pupilo y él de monitor hacía dos años. La cerveza, "helada pues mamita, ¿de dónde eres?", nos había sentado deliciosamente y este desayuno era un prefacio certero para comenzar el tour plácidamente. Aunque como ves, lánguida para el cardiaco, que obligado, no funcionaba honestamente.
Y Nino y Yo hacia el Presbitero Maestro, en él ya, apreciando estatuas, ornamentos de nichos de muertos conocidos a nivel nacional, buenos y malos, aunque de muertos todos son buenos y duermen juntos como hermanos. Foto tenía que sacar, "apúrate antes que venga el güachi", dije mientras Nino se apresuraba, yo delante de un fastuoso mausoleo de los perdedores de la guerra del Pacífico; es que para sacarse fotos en el Presbitero Maestro había que pagar una cuota, que mis fondos no sustentaban. Infringidas las órdenes beneficenciales, salimos del cementerio con la tristeza de saber que frente al bello y deteriorado camposanto de hermosas esculturas de autores italianos, estaba él también presente, cruzando la calle, que no sé cuál es, en los talleres de los criollísimos marmoleros de nuevas lápidas, con viejo mármol, saqueadores inescrupulosos, de los que hay especialistas no solo en mármol, sino en todas las materias, dispersos a lo largo y ancho de la gran capital.
Partimos pues a la iglesia, criptas y museo del complejo de San Francisco, motivación engendrada por el interés a las misteriosas catacumbas que bajo su templo yacen. Una hora después, caminando hacia el paradero de los urbanitos, que se pueden contratar a costados del parque de la muralla. Una impaciente espera, que se prolongó por media hora, hasta que hubieran suficientes turistas para que lograsen beneficio los guías del urbanito, o sea, hasta que se atiborre de gentes. Comenzó andando el combi y a través de sus ventanas contemplaba la grisácea urbe, y mi oídos percibían, una voz cuál máquina sonora, que resultaba venir de un elocuente guía, que nos indicaba los lugares de interés histórico, pero que luego se concentró en la vida y obra de una celebrada dama limeña mestiza, la perricholi de Amat.
En la cumbre del Cerro, la cruz repleta de reflectores de alta potencia para soberanamente iluminar el cielo de aquella parte de Lima, acción de cuyo efecto dudé dada la gran concentración de neblina y smoke. Al frente una basta selva de concreto que se perdía en el horizonte, o tal vez en la bruma que reinaba intransigente con la luz solar. Pudimos reconocer los lugares históricos del recorrido, la universidad de Nino, y el rumbo a su casa, que estaba invisible, más allá del horizonte o tal vez de la bruma. Y pude reconocer también desde esa altura el rumbo de mi felicidad, que no vi nitidamente pues estaba al sur, más allá del horizonte o tal vez de la bruma que reinaba intransigente con los sentimientos de mi corazón.
Era tarde ya, pasamos el rato hasta un poco antes de que saliera para Ayacucho, en casa de Salomón, con una copa de licor, hablando de lo mucho que me faltó conocer y de los amigos del curso que podían ayudarme a lo largo de mi viaje rehabilitizador. Nino, que buscaba una buena canción en la computadora de estreno de Salomón, me recordaba lo mal humorado que me había notado a lo largo del recorrido, "¿será por el sueño perdido?", sí por el sueño perdido... de la noche, de la vida.
Acompañado por ambos amigos hasta la avenida que seguí en la mañana para ver a Nino, ahora se despedían de mi con un abrazo fraterno, abordé un microbus para regresar a la agencia en dónde lo encontré temprano, esta vez desde una distancia de unas 35 cuadras, para alcanzar el bus que me llevaría hasta las muchas iglesias ayacuchanas que en domingo visitaría, con esperanza de encontrar sosiego en la sierra, "que me cobijará ella con su fe, que dicen que es bastante", dije a la vez que entraba en la estación de buses, luego de pensar agradecidamente en los dos amigos que dejaba en Lima, a punto de ir al bar Queirolo, a repetir "una de aquellas", que me habían contado, que no se olvidan, aunque "borren caset", no se olvidan... aunque no tengas buena memoria.
Habían pasado treinta minutos de la hora impresa en el boleto y el bus se hacía esperar. Salimos de Lima por la carretera central, pensé en la ciudad a la vez que under the bridge sonaba en el bus, "She sees my good deeds and she kisses me windy", la inusitada voz de la terramoza, que no conocí, interrumpió e hizo que me pierda en lo que acontecía en la ventana lateral, luego una migaja de cena recibida de reojo, por la concentración que le había puesto a los cerros repletos de luces, que titilaban como ojos cabilantes, y después una aburrida película contribuyeron al recargado sueño que inundaba mi existencia. No me había percatado de quién estaba a mi lado sino hasta que me despertó temprano en la estación de Ayacucho pidiéndome permiso para bajar. Un frío huamachuquino sentí con nostalgia en mis simbólicas orejas, y un gracias escuché mientras bajaba, al que respondí soñolento con un saludo, habrá sido de la desconocida terramoza, pensé.
En la estrechez de las calles ayacuchanas me encontré en medio de un "¿qué te sirvo papacho?", de una vendedora de desayunos ambulantes, que me hizo volver del sonambulismo; pregunté por la plaza de armas y me indicó cordialmente por dónde llegar hasta allá. En el camino conocí dos iglesias de hermosa arquitectura y dado que eran las seis y algo del domingo en la mañana, las visité a ellas y a quién las resguarda saludándole con una automática venia al pisar suelo santo. Y digo santo, por que en Ayacucho la sangre derramada es tan basta como su historia, pero su historia no es tan grande como su fe, que es ciega de veras, semana santa por ejemplo es un acontecimiento que transforma a la ciudad y la hace grande debido a la mística belleza de sus celebraciones y al cariño manifiesto de los pobladores hacia las representaciones esculpidas de su esperado salvador y sus huestes. Eminente ciudad Católica.
Era hora de mirar el plan, sentado en la plaza de armas, frente a una casona vieja cuyo cartel indicaba "Universidad de San Cristobal". Tenía planificado visitar las iglesias, el Hanan Parroquia y el mercado Shosaku Nagase dónde sería posible apreciar hermosos telares, cerámicas de los artesanos y trabajos en alabastro, también conocido como piedra de Huamanga (conocí a una artesana muy joven, llamada Karen que me comentó que en base a esa piedra se había erigido la catedral ayacuchana); luego hacia las iglesias y el mirador, pero quedarían pendientes los complejos arqueológicos de Wari, Quinua, Vilcashuamán y Niñobamba, que por cuestiones de tiempo y dinero no podía visitar.
Así que emprendí el espiralado recorrido a través de las empinadas calles ayacuchanas, entrando a cada Iglesia, apreciando lo bonitas que eran. El día se había tornado precioso, el cielo azul profundo con unas leves pinceladas albas enriquecía el seco paisaje de los cerros. Caminé por espacio de dos horas, hasta que crujió mi estómago, afortunadamente cerca del mercado de Santa Clara, el cuál abordé rápidamente. Dentro la variedad de caldos se ofrecían apetecibles, sin embargo, preferí fruta y unos panes dulces llamados güagüas (por que tienen forma de bebés), que me recordaban a los molletes de Namora. Salí de ahí con rumbo al parque Bolognesi en donde sobresalía un arco que había sido erigido en memoria de la independencia nacional, pasado el arco seguí hacia los alrededores para llegar al barrio de los artesanos, Hanan Parroquia, apreciadas las obras de arte, emprendí un rumbo literalmente horizontal, pero que de verticalidad tenía bastante. Sorteados los alti bajos llegué al barrio de El Carmen. En el parque principal, había un pequeña iglesia de ornamentos significativamente menos vistosos que los de la ciudad, sin embargo, me llamó la atención la música que emanaba, dentro de ella los niños estaban cantando en "runa suni papa". Más arriba en la pendiente llegué hasta el mirador del mismo barrio en dónde se contempla toda la urbe. Al cantito una feria de ganado bastante rural -como en mi tierra-, se desarrollaba. No pude dejar de apreciar las vestimentas de los negociantes. Las mujeres, cuya belleza afloraba en sus faldones de blondas floreadas con hojas y frutos de vid, sombreros negros de corto vuelo y blusas de singulares y coloridas figuras. En mi tierra no tienen tantos ornamentos los vestidos, y el sombrero es de paja y de un amplio vuelo. Además el ganado tenía unos detalles, aretes tejidos y a diferencia también de la sierra norte, les dejaban los cachos punteagudos. Ya habían pasado unas horas desde mi arribo, unas seis, así que decidí almorzar. Habían muchos restaurantes, rústicos, andinos. Entre los platos que me apetecían estaban la puca con chicharrones de cerdo, el cuy qapchi, truchas fritas, caldos dónde el más preciado era el de ojo. Para beber chichas de jora y de molle. Sin embargo los precios del mirador eran más caros que el de una casa en cuyo camino me habían ofrecido cariñosamente servirme almuerzo. Así llegue de vuelta a dicho lugar para ingerir una puca con chicharrones, puca que en cristiano significa rojo, es una mezcla de papa, beterraga y mondonguito. Un qapchi además, que consiste en queso molido, acompañado de una sarza de cebolla y rocoto.
Tarde ya, me paseaba por la plaza de armas, esperando la hora de mi partida hacía Cuzco. En una de las esquinas cuatro mujeres con trajes bastante bonitos tenían sobre unas mesas, tinas de madera llenas de hielo, y sobre el hielo una olla metálica. Dentro de la olla una mezcla de leche y ajonjolí, que hacían girar emulando ejes imaginarios sobre el hielo. El resultado, un helado riquísimo llamado Mulluchi (mover), que se come acompañado de una galleta de masa bastante parecida a la del barquimiel, pero en forma de lámina. El bus de transportes Chancas salió como a las 8 de la noche, a mi lado una "hola papai" de nombre Nicolasa y de unos 50 años, que lo único que me decía en castellano era Ayacucho, Abancay, sí, no y papa. En todo el viaje hasta Andahuaylas estuvimos yo tratándo de adivinar lo que me decía y ella respondiendo, ya que al parecer entendía, mis preguntas. Nicolasa había ido a Ayacucho a visitar a su hijo, ella vivía en Abancay y constantemente viajaba a Ayacucho. No hablaba castellano pero, como me imaginaba, lo entendía perfectamente. También indagó en mi vida, le conté de mi plan de viaje, nos reímos juntos, compartí con ella un agua de mesa que tenía en mano y unos plátanos y mandarinas que había comprado en Ayacucho. En el camino a Andahuaylas hay un paso altamente frío en la accidentada trocha, Nicolasa me ofreció uno de sus puyos para abrigarme, lo cuál desagradecí, con un inconsciente manotazo cuyo por qué explico a continuación; en cuánto me abrigué con el agradable puyo, logré dormir, pero por el frío tal vez, surgió en sueños una pesadilla, era yo en un automóvil acompañado de alguien que no recuerdo, que me decía "¡no puedes!", y de coincidente manera, no podía virar el volante ni desacelerar el bólido, pensé entonces que no me vencería, así que, forcé el volante lo más que pude hasta que viré a la derecha, y si bien no me estrellé en pesadillas, como pesadilla le estrellé, no se dónde, a Nicolasa, un certero manotazo, al que respondió llena de espantó con un "¡hayayay papa!" a la vez que se cobijaba de un salto en lo más lejano entre mi asiento y su ventana. "Una pesadilla" le dije, seguido de unas mil disculpas, a lo que su pétreo y flacuchento rostro coronado por el inmóvil sombrero marrón, respondió en forma casi metamórfica con una sonrisa tímida.
Cinco de la mañana, El alba con Andahuaylas nos recibían a mi y a mi circunstancial compañera con una ola de frío larga como la de Chicama, era necesario registrar los boletos para revalidar yo mi viaje a Cuzco y el de Nicolasa hacia Abancay. Traté de explicar a Nicolasa que su boleto ya estaba revalidado y que me iba a dar una vuelta por el pueblo durante una hora, hasta que salga el nuevo bus hacia Abancay, ella asintió y se sentó sobre sus andinos quipes. Andahuaylas es un pequeño pueblo, ubicado en la ladera de un cerro, de empinadas y estrechas callejuelas, la única Iglesia que avisté estaba en la pequeña plaza de armas, pregunté si había algo más para visitar pero no me dieron mayor información. Así que en media hora estaba de nuevo en el paradero, con Nicolasa al lado, ésta vez ambos sepultados por un matutino silencio.
Hacia Abancay por espacio de seis horas, Nicolasa bajó en el terminal de la ciudad y se despidió regalándome como diez panes y 5 plátanos, que no se de qué quipe sacó, me dijo además, algo en quechua que ni recuerdo, ni mucho menos entendí y con una palmadita en el hombro se alejó por el pasillo del bus. Yo emocionado con lo increíble que había sido conocerla. Desde la ventana miré tristemente como se alejaba a pie su ligera figura.
"A Cuzco faltan seis horas" me dijo un jovenzuelo que se había abalanzado en mi asiento, cuando yo me asomaba como despidiéndome de Nicolasa por la ventana. "Y yo que pensaba que eran sólo 10, desde ayacucho" dije, calculando que llegaría a las seis de la tarde a Cuzco. "En Abancay podía visitar las ruinas de Choquequeirao, Cachora y la laguna de Ampay y los baños termales de Comoc" pensé leyendo mi plan, pero el tiempo apremiaba. "¿De dónde eres?" pregunté, a mi repentino acompañante, casi de inmediato... Germán, que estaba haciendo practicas médicas en Cuzco, aparentaba diez años menos de los treinta que tenía, ferreñafano, era como mi paisano, hablamos de muchas cosas, entre las que destacaron sus aventuras amorosas, su vida en Lima, su madre en Ferreñafe, sus jornadas médicas y los adornos de los techos de las casas que desde Ayacucho nos acompañaban, pero que por Cuzco ya no eran escudos, ni iglesias, sino yugos con bueyes y botellas de licor o de cerveza, eran amuletos para la buena suerte de la gente que mora en esas casas. Antes de entrar en territorio cuzqueño, me invitó a tomar lonche con él en casa de una amiga suya en dónde era huésped, en un pueblo que hace de bienvenida de Cuzco, Poroy. Pueblo en que abundan los lugares para comer toqto (pellejo frito de chancho) y tomar chicha. En cuanto llegamos Germán me hizo pasar como primo suyo, la gente de la casa me trato en muy buena forma, lindísima gente. Un cálido mate y unos panes ayacuchanos, nos acompañaron durante la media hora que duró mi visita. Luego, partímos con él y su amable amiga hacia Cuzco en dónde me dejaron con un hasta luego, que luego no sucedió.
En el centro de la ciudad caminé por al rededor de media hora, buscando primero las oficinas de turismo, viendo los restaurantes, la mayoría pizzerías y trattorias, restaurantes de todo tipo, hay hasta de comida a base de cannabis, carne de alpaca... handcrafts shops, por que no divise ningún letrero que diga artesanías, iglesias, escuelas de español, la plaza de armas con su pileta rodeada de gárgolas, y una placa que reza la muerte en esa plaza de Túpac Amaru II, la cuesta de san Blás y en cuestión de minutos estaba frente a la piedra de los doce ángulos (que está al frente de una puerta azul), un poco más arriba y ya estaba conversando con Jerónimo, amigo mío que toca con los "Amarus" en un bar del Barrio de san Blás (barrio donde en sábado siempre hay feria artesanal). Unos cuántos tragos van y vienen, escuchando la folclórica música cuzqueña ya me sentía a punto de emborracharme cuando me paré y me despedí diciendo "ya me voy de aquí", Jerónimo se extrañó un poco por que pensaba que me iba quedar de largo, el alcohol iba a sumirme en el sentimiento nostálgico que incitaría el recuerdo. Pero no, era hora de buscar alojamiento. El albergue municipal estaba repleto, así como la mayoría de hostelerías del centro. Afortunadamente encontré un desafortunado lugar, pero para descansar aunque sea en piedra iba ha terminar. Me bañé con agua helada, y a la media noche salí a comprobar la agitada vida nocturna cuzqueña que pese a ser martes en la madrugada parecía un fin de semana. Decidí reconocer el lugar y como buen caminante me aventuré a ir hasta la estación de trenes de Wanchaq para averiguar los horarios de salida a Puno, al llegar vi la tabla de itinerarios y ninguno favorecía mi plan, así que mi partida hacia Puno sería en autobus. Ya era la 1 de la madrugada y estaba caminando hacia la estación de San Pedro para asegurarme la hora exacta de salida hacia Aguas Calientes (ahora llamada Pueblo de Machu Picchu), el tren para peruanos (estaban segmentados los itinerarios), parte a las 7.15 de la mañana. Cerca de la estación tomé un ponche de habas bastante caliente con un pan cuzqueño artesanal. A la vuelta queda el mercado Ccasccaparo y más allá el puente Santiago; frente al mercado venden caldos de cabeza y de pata de carnero toda la noche. Entré a una de esas covachas y me senté junto a una pareja de cuzqueños, Daniel y Yudith, ordené una sopa de pata y una malaya frita. Daniel trabajaba en un restaurante del centro, dónde la carne estrella era la de alpaca y estudiaba además enfermería, Yudith era ama de casa. Ambos me recomendaron comer carne de alpaca pero no por el centro de la ciudad (por que el precio es para otra demanda), sino un poco más lejos, por la plazuela san Francisco por ejemplo, en dónde se encuentran la parroquia del mismo nombre y el colegio Nacional de Ciencias. Más allá el Arco e Iglesia de Santa Clara y luego la plaza Regocijo, la Iglesia de la Merced y cruzando ello la histórica plaza de Armas. Me pareció una pareja estupenda la que en comunión formaba ese par de almas, que alegremente, compartían parte de su vida de cuzqueños con un desconocido, que era yo. Ya hube terminado mi sopa y pronto la malaya. "Adios amigos", caminé las casi doce cuadras hasta mi desdichado hospedaje, toque el timbre un buen rato, y por fin me abrió la puerta un vigilante con cara de perro, con el olfato debió saber que yo era huésped, pues él no me atendió cuando aborde el hotel. Entré, ya eran las tres de la mañana y tenía que despertarme antes de las siete de la mañana, así que le rogué encarecidamente al sabueso que me despierte a las cinco para asegurarme un asiento en el tren. Toc toc, "¿quién es?", "señor ya son las 7", "¡puta madre!", metí todo lo que había sacado para cargar de energía, mi celular, mi cámara y mis pilas. Salí corriendo agradeciendo al sabueso su amable gesto y mentándole la madre a la vez pero mentalmente por la demora. Las doce cuadras las hice corriendo en cinco minutos, entré en la estación, esperé la cola, sólo un par de chavales españoles estaban delante mío, lo que me reconfortó en cierto modo. Al vigilante que estaba cerca le pregunté si el tren ya salió, "por si acaso" pensé. "No joven, pero ahorita sale". "La puta que los parió, ¡cómo se demoran!" y encima el counter que se demoraba peor que manco cambiando los euros de los ibéricos e ingresando los datos al sistema de Perú Rail que seguramente el tunante administrador con su buena visión de negociante había hecho orientado al cliente y todas esas gilipolladas que sirven para hacer más plata a largo plazo con la estrategia mercadotécnica para fidelizar a los turistas.
"@!$%#!" escuché a un gringo que más vivaracho que yo le había preguntado a un agente de Perú Rail si todavía había boletos; ya no había, "¿y ahora?". Abandoné la espera ya que el counter seguía cambiando y viendo si los billetes catalanes, andaluces, vascos o castellanos no sean bambas. Salí de la estación y pregunté a un feligrés (a lado de la estación está la iglesia de san Pedro), qué podía hacer a esas alturas de la vida y tranquilamente como estaba él, seguramente después de reconciliarse con diocito, me dijo "hijo, toma el combi que te llevará hasta el ..." -"este es el cura creo" pensé-, "se olvido el nombre el señor... el cielo me dice ahorita" dije bajito; pero él continuó diciendo "... ¿cómo se llama este paradero? ...", a otro que con él estaba. Al mismo tiempo los dos reaccionaron entonando casi gregorianamente "¡Izcuchaaaca!", "¡divino!" pensé al tiempo que agradecía y aligeraba el paso hasta la esquina a la cuál llegué, en ella escuché a otro muchacho preguntar por el mismo paradero, aproveché y le dije, "conoces ¿cómo llegar al terminal de combis a Izcuchaca?", "no", fue su respuesta, así que acordamos tomar un taxi, al cuál subimos de inmediato, y en menos de un par de minutos estábamos en el terminal, yo sintiéndome sumamente cojudo, ya que quedaba a la vueltita de dónde lo tomamos, en la primera cuadra del jirón los Ángeles. Igual agradecí al taxista y con Wilber abordamos la combi que nos llevaría a Izcuchaca una media hora antes de que pase el tren por ahí y podamos alcanzarlo con holgura. Wilber era bachiller de ingeniería mecánica eléctrica y estaba trabajando en la central de generación hidroeléctrica de Machu Picchu, él no conocía el paradero de combis, pese a ser cuzqueño, por que era la primera vez que se hacía tarde para chapar el tren que lo llevaría hasta la última estación, dicha central.
En Izcuchaca que está cerca de Poroy, recinto de Germán, el amigo que conocí el día anterior. Habían muchas personas, demasiadas dirías tú, todos peruanos haciendo cola para poder obtener un boleto, esta vez sin derecho a asiento, hacia Ollantaytambo (se puede llegar aquí, desde Cuzco, en colectivos, además hay trenes que parten desde Ollantaytambo hacia Machu Picchu a cada hora), Q'orihuayrachina, Camicancha, Chilca o Aguas Calientes (en Perú hay muchas localidades con ese mismo nombre, pero no tan famosas como la cuzqueña). La cola debe hacerse portando el respectivo DNI y de forma personal la compra del boleto. A las ocho y algo más de la mañana estábamos abordando ansiosamente el esperado tren entre sendos empujones que propinaban unos a otros en pro de hallar un asiento vacío o al menos un buen lugar del pasillo para dejar las cajas, costales, baldes, animales y otros pertrechos que se llevaba la gente. Yo solo iba cargando mi mochila de aproximadamente unos diez kilos. Acomodados y amontonados, juntos, el tren por fin partió, nos esperaban cerca de tres horas de monótonos paisajes, primero el de las pampas y luego el del encañado río Urubamba (Vilcanota).
En el recorrido subieron vendedoras de pescado frito, caucau, moraya (bolitas de papa), con queso, porotos tostados (ñuñas). Wilber me indicaba cada paradero, algunas ruinas que se divisaban desde el tren, luego la parte del Urubamba más concurrida para hacer canotaje, la pequeña represa en dónde comienza la tubería trasandina por la que se desplaza el agua del Urubamba hacia la Hidroeléctrica y partes del camino inca que estaban visibles. También me habló de la gastronomía local, un plato especial era el Chiriuchy que se preparaba principalmente para fiestas, pero el plato cuzqueño por excelencia es la Huatiada que se prepara especialmente el 24 de Junio, aniversario de Cuzco. Hay una zona especial para comer chicharrones que se llama Sacilla y la chicha afrutillada hecha a base de quinua es bastante comercializada. Me dijo también que hay otra fiesta muy importante en setiembre, un rito de iniciación inka, llamado Warachicuy, que tenía lugar en Saqsayhuaman. Ni más ni menos que un ritual de identidad nacional, que antiguamente se celebraba para calificar a los nuevos hombres públicos, principalmente guerreros, exclusivo de la nobleza.
Al ir a Cuzco pensaba conocer todas las ruinas del valle sagrado de los Inkas, Piquillacta, Pisaq, Pucapucara, Sacsayhuamán, Chinchero (en el camino Ayacucho – Cuzco hay un pueblo que se llama Chincheros, con "s" al final), Urubamba (como se le llama al río que cruza el valle, llamado también Vilcanota y Huarocoto, dependiendo de la zona), Moray y su laguna Huaypo, Ollantaytambo y los baños termales de Calca. Pero al llegar a Aguas Calientes (se llama así por que hay aguas termales), me dí cuenta que el tiempo no me alcanzaría, así que luego de abrazarme con Wilber a modo de despedida me apresuré a bajar del tren y dirigirme a la oficina del INC que está cruzando la pequeña plaza del Pueblo (atestada de restaurantes de la misma calaña que los de Cuzco), dónde me senté contemplativamente a ver como el Putukusi y el poque encañaban paternalmente a tan pintoresco pueblo, a la vez palpitante de modernidad, gran industria turística. Salí de allí con mi preciado boleto y comencé a caminar hacia la ciudadela, regresando primero por las vías del tren, y luego siguiendo una pista que lleva a un cruce, a la izquierda (sur), hacia la ciudadela, y al otro lado (nor oeste), hacia el poblado de Santa Teresa, por donde continúan las vías férreas. Me senté al lado del camino para cambiar mi pantalón por un short, mientras estaba en ello, se acercó un chino que me habló algo en no se qué idioma, "¿what?", le dije sin atinar a otra cosa que mirar su cara de sonso por un rato, que en realidad resultó ser japonesa. Con un perfecto inglés me pidió que lo ayudará a llegar a Aguas Calientes, que en realidad estaba cerquita, sólo que como la curva del camino era bastante pronunciada ya no se veía el pueblo. Digito me contó que había llegado hasta Cuzco de vacaciones con dos amigos más y que se estaba hospedando en el Inkaterra hotel, al despedirnos me dijo que si quería nos veríamos más tarde en su hotel para conversar, quedamos en vernos a las cinco de la tarde. De nuevo y está vez más fresco por reacción del short, reanudé mi caminata, muchos extranjeros venían de regreso. Solamente les decía "hola", mi objetivo era llegar a la ciudadela a pie y sin perder tiempo. Llegué al cruce de caminos, dónde me encontré con Digito hacía 15 minutos y crucé el puente peatonal (hay uno vehicular también), un letrero me daba la bienvenida al comienzo de la empinada pendiente, había un desvío hacia el museo de sitio, pero ya estaba cansado de museos y quería algo de acción. Comencé a subir el cerro, y entre frecuentes "hola", múltiples amagues (para sortear a chasquicitos concha su madre que bajaban como rayos de curva en curva para que el turista sienta que sí, que realmente está entre Inkas), descansos con sus respectivos techos, atravesando los caminitos (sombreados gracias a que la maleza de ceja de selva afortunadamente impedía el ingreso de los rayos del sol que en medio día son calcinantes), el polo empapado, y los diez kilos de mochila encima; llegué al albergue, antesala del complejo Inka. Había pasado una hora de camino y por fin estaba en la entrada, dejé mi mochila en el albergue, me cambié la remera y entré al complejo, tras una pequeña cuesta de unos diez metros, se avistó por fin el mayor atractivo arquitectónico del viaje, la ciudadela. Luego de llegar al recinto del guardian, corrí a visitar el puente Inka, regresé y hacia la parte Sur Este del complejo encontré un camino, por ese lado no habían muchos turistas así que me causó curiosidad. Consulté el mapa y luego de hallar el escondido sendero, comencé a subirlo. El cerro Machu Picchu, es un camino aún más difícil que el que se recorre para llegar al albergue, dos horas de camino (ida y regreso), me llevaron casi hasta la cumbre, pero la oscuridad y la neblina que engendraba la vegetación me hicieron desistir de ese objetivo, sentí miedo. De nuevo en el recinto del guardián, tracé mi nueva ruta en el mapa y la comencé atravesando la puerta de acceso a la ciudad imperial, recorrí todas las zonas agrícolas, hasta el más alejado rincón sobre todo para llegar a tener ángulos en los que se pudiera sacar fotos espectaculares, en el recorrido, seguí ordenadamente a través de el sector de los templos haciendo una parada especial en el templo de las tres ventanas, después el observatorio astronómico "Intiwatana", la plaza principal, el grupo de las tres portadas, la roca ceremonial, la entrada al cerro Wayna Picchu (que está en la zona Nor Oeste, justo frente al Machu Picchu), -no pude seguir más allá por que solamente permiten el ingreso a ese sendero hasta las once de la mañana, y ya eran las cuatro de la tarde-, luego me encontré con algunas vizcachas en el que resultó ser el templo del cóndor, los contiguos recintos principales, las fuentes (cuya agua sagrada seguí para darme con la sorpresa que brotaba de un místico pero moderno caño del siglo XX), el torreón y por fin las qolqas. Terminada la visita, tenía dos opciones de regreso, en bus o de nuevo por el caminito que atraviesa las serpenteantes curvas de la cuesta. Decidí bajar a pie, corriendo, antes de que oscurezca. Ya no encontré a los chaskicitos, ni turista alguno. Llegué por fin a Aguas Calientes a las cinco de la tarde, corrí hacia la estación de trenes que queda al lado del mercado artesanal, justo detrás del mercado de frutas (que abre de siete a siete). Pero ya no había pasajes, la boletera cierra a las cinco. No me molesté, el clima era sensacional y el ambiente estupendo en la que me pareció la ciudad más acogedora de todo mi recorrido. Busqué un alojamiento barato, luego de desilusionarme con el Inkaterra, dónde a pesar de que Digito ya me había convencido, el precio terminó por desilusionarme (con los cuatrocientos dólares por noche de la colorida tarifa). Dejé a Digito descansando en su hotel, ya que había hecho el recorrido del jardín de orquídeas esa tarde y estaba fatigado. Yo en cambio, estaba más motivado, así que conseguí alojamiento detrás de la plaza de armas, era barato, en mi habitación habían seis alemanes a los que no les entendía más que las sonrisas. Tenía un sólo baño que afortunadamente nunca encontré congestionado. Puse a ventilar mis húmedas prendas del trajín, me bañé, y salí a recorrer al revés y al derecho a Aguas Calientes, el pueblo tenía de todo. Caminando encontré una vendedora de emolientes a escasa distancia de la plaza. Delfina, era de Calca pero por el trabajo vivía en Aguas Calientes hacía 2 años, me recomendó lugares para comer barato. Pero luego del emoliente ya no podía resistir el hambre y entré en el primer restaurante de la derecha, era una Pizzería pero también tenían en carte trucha y alpaca. Me pedí una trout a la no se qué, que tenía papas adornadas por una salsa bastante deliciosa y una copa de vino blanco que de un sorbo desaparecí. El pueblo de Aguas Calientes es bastante limpio, el único poblado que tiene tachos clasificados de basura en todo el Perú y la venta de bebidas alcohólicas esta permitida sólo hasta las once de la noche. Hay una zona roja, en dónde se pueden encontrar bars y discos, pero debes ir documentado para que puedas identificarte con los policías municipales que están a la entrada. Como ya eran las diez, aproveché en comprar una cerveza cuzqueña malteada y mientras paseaba con mi chelita en mano dí con una canchita de futsal, al lado del estadio; pregunté a la gente que estaba sentada en el costado de la misma si iban a jugar, y sí, me invitaron inclusive. Hasta las dos de la mañana jugando fútbol, y aunque tuve una escabrosa caída, con aterrizaje facial que me raspó el pómulo dolorosamente, salí ganándoles a los descendientes de los Inkas, que se hicieron amigos míos en ese ratito. Ya eran las cuatro de la mañana y no podía dormir, tampoco podía pararme del lecho por que mis pantorrillas se iban a partir con mínimo paso que daba, a las cinco salía mi tren y les dí masajes para que se soltarán de un vez. Al rato ya estaba despidiéndome de Hugo, que era el dueño del hospedaje. Caminé a buscar a Delfina para desayunar emolientes pero no estaba, así que subí al tren en ayunas. Tampoco pude alcanzar boleto de asiento. Parado y sin dormir, ya no podía seguir, sin importarme mucho me eché en el, por fortuna limpio, pasillo con mi mochila como si fuera almohada. No dormí pero al menos descansé las piernas. A las ocho ya estábamos en Ollantaytambo, mi nueva parada, desde ahí tomé un colectivo hasta Cuzco. En Cuzco me fui al terminal para abordar un bus a Puno. El que partió a las once de la mañana. En el bus me senté al lado de una francesa llamada Nadine que era de Nantes, muy bonita, pero ni su belleza ni sus intentos por conversar pudieron mantenerme despierto. Dormí por espacio de dos horas, desperté y ahora era Nadine la que dormía, el sueño ya me había pasado y necesitaba conversar con alguien, viré más allá del pasillo y estaba una francesa mirándome extrañamente, era amiga de Nadine, y se llamaba Ofelia, luego de contarme sus travesías, me pidió que le cambiara de lugar pues quería dormir y se sentiría más segura durmiendo al lado de Nadine. Así fue que me senté al lado de un hombre que imperturbable leía un libro de química o de física, no recuerdo.
Eusebio, me miró por fin, y le dije "Hola, ¿te vas a puno?", y me dijo que no, que se iba a Juliaca, él enseñaba química y física en academias pre universitarias, y siempre viajaba hacia el sur desde su cuzqueño terruño. Eusebio me comenzó a recomendar lugares para visitar, tal vez, en otra ocasión menos apresurada, la salida del sol, que se puede ver encima de la neblina desde el Pilcopata (Masato), y desde el Acaracu todo esto en Paucartambo, también las aguas termales de Maranganí que quedan a media hora de Sicuani. A lo largo de la ruta hacia Juliaca, me mostró pueblos como Tinta, en dónde había nacido Túpac Amaru II; Curawasi que era el pueblo del anís, luego Oropesa, que era un pueblo en dónde casi todas los familias eran panaderos, precisamente en el cruce, una niña subió vendiendo chutas (panes de unos cuarenta centimetros de diámetro), que compré y compartí con mi amigo Eusebio, que incansable me describía con profundo patriotismo la belleza de su tierra. Pasamos por Piquillacta (ciudad de las pulgas), luego me indicó por dónde se podía llegar a las lagunas de Huarcarpay y Urcos cuya agua emanaba del subsuelo, me mostró el abra (la parte más baja en la unión de dos cordilleras), que dividía el altiplano en territorio cuzqueño hacia el norte y puneño hacia el sur, más allá del abra señaló a Ayaviri dedicada a la producción de derivados lácteos, especialmente quesos. Finalmente y antes de que bajarse en un poblado previo a Juliaca, me recomendó comprar carcacho (Alpaca asada al palo). Se despidió y de nuevo me quedé sólo, al rato acompañado del carcacho que había comprado y que ya estaba terminando de comer. Llegados a Juliaca, las francesas se bajaron también, subieron más pasajeros hasta atiborrar el bus. Ahora estaba acompañado de un policía, pero de nuevo me quedé dormido, faltaba una hora para llegar a Puno. Juliaca es un pueblo bastante hostil (desfavorecido el sector agrícola), triste, frívolo, abandonado a su suerte...
Aunque falta poco para llegar a Puno, desfallezco del objeto en este párrafo, un deseo inoportuno, terminar algo que siento inacabable. No está bien que escriba tanto sin llegar a buen recaudo -como era mi intensión inicial-, y dicen; que además, las personas con buena memoria, se enamoran pocas veces en la vida, pero que lo hacen en serio. Buena memoria no tengo, pero voy en serio. Y por eso escribo lo que imagino que sería un buen final. Por que después de todo no quisiera terminar sino hasta llegar al ocaso que aceche mi mirada y sentir en mi pecho esa dulce sensación, que aunque parezca obsesión, va más haya de eso. Esa sencilla razón que me vuelva a la cordura por la locura de amarla.
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